El Patio Trasero (traducción al castellano de “The Backyard”)

La policía abrió la puerta de una patada.

Él salió inmediatamente de su habitación, conmocionado por los gritos y el ruido. Se encontró frente a un aluvión de pistolas y dedos apuntándolo.

– ¡Es él! ¡Detenedlo! – gritó un policía.

Pronto se dio cuenta de lo que estaba pasando y de que probablemente estaría fuera un tiempo. Sin embargo él estaba tranquilo, convencido de que no había hecho nada malo y de que todo lo que le hicieran no sería más que una consecuencia de los prejuicios sociales.

Le colocaron las esposas y se le leyeron sus derechos mientras lo arrestaban.

Un grupo de policías se apresuró hacia el patio trasero. Era enorme, de más de 4000 metros cuadrados. Una valla metálica de tres metros de altura lo rodeaba. No era posible ver qué se escondía en él desde el exterior.

Al principio no se podía ver nada, ya que todavía era noche cerrada. Encontraron un establo y se dirigieron hacia él cautelosamente. Pronto empezaron a oír sonidos, una especie de gruñidos. Abrieron la puerta y se quedaron atónitos ante lo encontrado. Allí estaban: cientos de jóvenes que yacían en pequeñas camas contiguas. Cuando las antorchas los iluminaron la mayoría de ellos se asustó y apiñó en una esquina. Dos de ellos se asustaron especialmente y reaccionaron violentamente, ya que no estaban acostumbrados a las visitas nocturnas. Atacaron a algunos de los policías, mordiéndoles y dándoles patadas. No pasó mucho tiempo antes de que sus compañeros los ayudaran, aunque uno resultó herido de un mordisco en el cuello.

Las criaturas no parecían desnutridas, sino más bien algo rollizas. Pero pronto algo atrajo la atención de los intrusos: la mayoría eran niños o adolescentes; y de los más viejos todos excepto unos pocos eran mujeres.

Hacía calor en el interior del cobertizo y muchos de los niños tenían mantas. La policía empezó a llevarlos uno por uno hasta los coches y furgonetas de fuera. Estaban aterrorizados, gritando y tratando de escapar ¡Parecía como si prefirieran quedarse allí! Tardaron hasta el mediodía en llevárselos a todos. Se requirió la ayuda de un grupo de psicólogos pero no fueron capaces de hacer gran cosa con aquellas pequeñas bestias que se comportaban como salvajes. No articulaban palabra, sólo gruñían y gritaban. La situación se estaba volviendo cada vez más preocupante. Nadie podía entender lo que había estado haciendo aquel depravado.

De vuelta en la casa el hombre no quiso responder a ninguna pregunta sin ver a su abogado y se lo llevaron en un coche patrulla. Registraron el domicilio. Esperaban encontrar algo espeluznante, como pinturas o esculturas siniestras o incluso taxidermia humana. Nada de eso. Sólo era una casa normal, con muebles normales y cuadros normales en sus paredes. No había nada destacable, quitando, si acaso, una ligera predilección por los paisajes a orillas del río.

Varias horas más tarde, abogados y jefes de policía fueron conscientes de a lo que realmente se estaban enfrentando: el primer caso conocido de una granja de humanos para comida. El detenido, Howard Patterson, se dio cuenta de que no importaba lo que dijera, iba a pasar el resto de sus días en prisión, por lo que hizo las cosas fáciles y dijo la verdad.

Howard, hasta bien entrados los sesenta, había estado abasteciendo una demanda de carne humana en el mercado negro durante cuarenta años. No había sido descubierto hasta hacía poco, cuando un helicóptero sobrevoló su casa y patio trasero y el documentalista observó un grupo de personas en el campo rodeados por una gran valla. Parecían moverse erráticamente y su comportamiento resultaba sospechoso. Fue entonces cuando informó a las autoridades e iniciaron la investigación. Su propiedad estaba en el bosque, por lo que casi nadie había pasado por allí en todos estos años y los que lo hicieron sólo vieron una valla alta, sin poder imaginar ni por un segundo lo que realmente estaba pasando tras ella. Normalmente eran senderistas disfrutando de un agradable paseo en los bosques de Virginia Occidental.

No se había informado de la desaparición de nadie en la zona, ya que los humanos de cría eran en realidad producidos para tal propósito. En un principio algunas personas, clientes potenciales, establecían una cooperativa clandestina y concebían algunos niños que después donaban al granjero con sólo unas semanas de vida. A cambio, disfrutaban de grandes descuentos en el precio de la carne que obtenían de ellos años más tarde. El propio granjero y su esposa tuvieron cuatro hijos que utilizaron para el mismo propósito. Ella había muerto de una enfermedad coronaria tres años antes de la redada.

Cuando los niños tenían la edad suficiente para ser fértiles eran inseminados artificialmente. En nueve meses, los Pattersons tenían más carne fresca para vender.

Algunos clientes querían bebés jóvenes. Otros preferían esperar un poco más y tener más carne por un precio ligeramente mayor. La edad máxima rondaba los dieciséis años, ya que tras ésta el crecimiento tendía a ser menor y no merecía la pena esperar. En cualquier caso, como la crianza de cada niña o niño implicaba un gasto de recursos (comida, espacio, electricidad), esperar más no salía rentable.

Eran alimentados con una dieta alta en proteínas, acelerando así su crecimiento. Se les daba también gran cantidad de grasas para incrementar su peso. La fórmula era una invención de los Pattersons, hecha de carne de animales no humanos, soja, nueces, semillas, leche de vaca, huevos… y algunos vegetales, para añadirle sabor y hacerlo más atractivo para las criaturas de granja. Al fin y al cabo, cuanto más comiesen, mejor.

Los chicos y chicas mayores se mantenían vivos durante más tiempo y se utilizaban para producir más hijos, de los cuales se les separaba. En total fueron encontrados alrededor de 30 niños y adolescentes y 6 adultos, supervivientes de esa explotación atroz. Ninguno de ellos podía hablar o comunicarse como la mayoría de la gente. Los niños no tenían a nadie que los enseñase a hablar.

Entre sus pocos clientes, la carne y leche humanas eran de tal exquisitez que merecía la pena pagar el altísimo precio, pues tenían generalmente un alto poder adquisitivo.

El descubrimiento causó conmoción en todo el mundo. El esperado proceso judicial comenzó pocos meses después de la detención de Howard.

Primero se leyó una descripción de la granja y se mostraron fotos de ésta y de los niños criados en ella. Cuatro de los niños y dos de los adultos también fueron llevados a la sala. El asco y la conmoción fueron las reacciones más comunes. La mayoría de los presentes no era capaz de creer que alguien pudiera haber hecho algo así.

Las declaraciones del piloto y copiloto del helicóptero fueron relativamente cortas, ya que sólo habían visto a algunas personas desde gran altura, deambulando tras una valla. Como no hubo testigos anteriores aparte de ellos, Howard fue llamado inmediatamente al estrado. Todo el mundo estaba en vilo, deseando saber qué clase de mente perversa y retorcida tendría este hombre. Sin embargo, el “Granjero del Diablo”, como muchos se apresuraron a llamarlo, estaba lejos de ser un psicópata.

El juez, David Locke, comenzó el interrogatorio:

– Señor Howard Patterson, ¿podría por favor explicar al jurado qué tipo de actividad llevaba a cabo dentro de su propiedad?

– Era un granjero, señoría.

Muchos lo consideraron una respuesta cínica y la sala se llenó de bullicio.

– ¿Qué tipo de granja era la suya, señor Patterson? – el juez alzó la voz presumiblemente a causa del ruido aunque no podía ocultar sus sentimientos de ira y repulsión.

– Una granja humana, ganadería humana ecológica – respondió Howard con una expresión honesta y tranquila.

Esta vez el ruido fue tal y se prolongó durante tanto tiempo que la sala tuvo que ser desalojada, permitiendo sólo la estancia de aquellas personas esenciales para el proceso. Después de media hora el juicio continuó.

– ¿Puede explicar qué quiere usted decir con “ecológico”, señor Patterson? – preguntó Locke en un tono irritado.

– A mis animales se les permitía salir de la nave durante la mayor parte del día, tenían acceso a la luz solar, podían interactuar entre sí… – no pudo terminar, pues fue interrumpido por el señor Locke, cada vez más irritado.

– ¡Se trata de seres humanos, no de animales!

– Los seres humanos también son animales, señoría – aclaró Patterson.

– Pero no son como los demás animales, ¡es injusto criar y matar humanos! – el magistrado estaba tan indignado que se comportaba de forma emocional y poco profesional.

– ¿En qué sentido no son como los otros animales? – Howard parecía sincero en su pregunta.

– Bueno… tenemos una inteligencia más desarrollada, podemos expresar nuestros sentimientos de formas complejas y esto nos permite desarrollar experiencias que otros animales no pueden tener. También tenemos responsabilidades, lo cual no tienen otros animales.

– Por eso me aseguré de que mis animales no aprendieran a hablar. Esto impide la comunicación en gran medida, y una gran cantidad de estudios revelan que los niños que no han aprendido a hablar antes de convertirse en adolescentes tienen una inteligencia inferior imposible de revertir. Además estos niños no tenían contacto con los adultos y su sentido de la responsabilidad y el deber moral estaba muy poco desarrollado. Muchos otros animales tienen pensamientos morales más complejos que estos individuos. El comportamiento de estos niños es bastante similar al de las vacas y los cerdos que nos comemos.

– ¿Quiere decir que para usted la vida de estas personas vale lo mismo que la de un cerdo? – El juez no esperaba la siguiente respuesta.

– Sí, por supuesto, señoría. Ninguno de ellos pertenece a nuestra sociedad o puede entender cosas como el arte o la ciencia. Difícilmente pueden pensar más allá de lo que van a comer a continuación.

– ¡Lo que está diciendo es repulsivo, señor Patterson! ¡Ha arruinado la vida de estos niños y nos dice que son como los cerdos! – el juez estaba verdaderamente afectado por una declaración que parecía carecer de sentido.

– Estoy de acuerdo en que puede que sufran ahora, mientras usted trata de integrarlos en la sociedad. Sin embargo, antes de que asaltaran mi casa, estos niños no sabían nada más y no extrañaban otras cosas en la vida, ya que no las conocían. Eran mantenidos en condiciones humanitarias, alimentados con comida sabrosa y matados sin dolor.

– ¿Así que usted está diciendo que en realidad trató bien a estas personas? – los ojos del señor Locke se abrieron como paraguas.

– No sólo eso. Deberían agradecérmelo si tuvieran la capacidad para hacerlo. Si no fuera por mí y mis clientes ellos no existirían. No secuestramos a los niños de cualquier sitio sino que los producimos nosotros mismos. Estos niños tuvieron la oportunidad de disfrutar de la compañía de los demás, la luz del sol, una comida deliciosa preparada personalmente por mí…

– ¡Pero ellos no eran libres, señor Patterson!

– Estaban protegidos de los peligros del mundo exterior. Ellos nunca han tenido que sentir miedo a ser atracados en la calle, recibir malas notas en la escuela o ser castigados por sus padres; nunca se han enfrentado a la pobreza o el hambre, nunca han sido atropellados, asaltados, mordidos por un perro… ¡han vivido casi completamente seguros! – aseguró Howard con orgullo.

– Con excepción de estar seguros de usted, por supuesto. Sus declaraciones son una locura ¿Cómo puede alguien justificar el comer a los de su propia especie?

– Otros animales lo hacen. Los cocodrilos, por ejemplo, comen a otros cocodrilos más pequeños. Es natural.

El caso se prolongó varios días, en los que biólogos, antropólogos, pediatras, psicólogos, psiquiatras y otros muchos fueron llamados al estrado. Por fin todo parecía estar llegando a su fin. El juez le preguntó a Howard si se declaraba inocente o culpable.

– Me declaro responsable, pero no culpable. Creo que estoy sufriendo una discriminación infundada. Podrían traer a cualquier otro ganadero al estrado y preguntarle cómo puede justificar su propio negocio. Probablemente oirían las mismas razones que yo he argumentado. Sin embargo, una vez más, mientras a ellos se les permite continuar con sus negocios, yo soy tratado como un criminal ¿Por qué, si yo he de ser encarcelado, no lo son también todos los demás ganaderos? Los otros animales pueden sentir tanto como estos niños, pero esto no significa que deban ser tratados como personas inteligentes y civilizadas – Howard había demostrado a lo largo de todo el proceso que era consciente de lo que hacía y había intentado justificar su comportamiento en todo momento.

– Yo no estoy aquí para participar en debates filosóficos, señor Patterson; estoy aquí para aplicar la ley. Y la ley dicta que los animales son propiedades, mientras que los humanos tienen derechos. La ganadería de animales es legal en este país, pero no la ganadería humana.

El jurado salió a reflexionar y pronto regresó con el veredicto: cadena perpetua para Howard Patterson, que nunca había albergado la esperanza de una sentencia distinta.

El magistrado llegó a casa muy perturbado ese día. Tardó un tiempo en conciliar el sueño. El señor Patterson parecía mantener algún tipo de coherencia, aunque el resultado de la misma era espeluznante… Sin embargo, Locke siempre medía la validez de los argumentos en relación a su consistencia. Estaba muy confundido…no sabía qué pensar.

Cuando se despertó a la mañana siguiente había algo que sí sabía: nunca más volvería a comer productos de origen animal.

 

Andressolo (Andrés Cameselle)

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Procuro vivir sin causar daño al resto y sin morderme la lengua respecto a nada. Aquí tengo algunos de mis artículos.
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